No podía resistir la tentación de dedicar este artículo a una polémica de estos últimos días que ha servido para alimentar más de una airada y subversiva reacción del progresismo patrio y los medios que le dan cobertura. No podía porque afecta a un programa en el que participo y del que me siento muy orgulloso, y del que desde el pasado jueves me siento aún más orgulloso, y a un periodista con el que seguramente tenga muchas discrepancias, pero que el otro día ofreció toda una lección de lo que significa tener principios y valores y actuar conforme a ellos, frente a esa izquierda que solo obedece al principio de que el fin justifica los medios y por lo tanto todo vale.

 

No podía resistir la tentación de dedicar este artículo a una polémica de estos últimos días que ha servido para alimentar más de una airada y  subversiva reacción del progresismo patrio y los medios que le dan cobertura. No podía porque afecta a un programa en el que participo y del que me siento muy orgulloso, y del que desde el pasado jueves me siento aún más orgulloso, y a un periodista con el que seguramente tenga muchas discrepancias, pero que el otro día ofreció toda una lección de lo que significa tener principios y valores y actuar conforme a ellos, frente a esa izquierda que solo obedece al principio de que el fin justifica los medios y por lo tanto todo vale. 

No sé si han visto ustedes, supongo que sí, el video en el que Eduardo García Serrano, en el transcurso de un debate en El Gato al Agua, le dirige a la consejera de Sanidad de la Generalitat de Catalunya, Marina Geli, unos calificativos muy inapropiados. Vamos, que la insulta literalmente, a cuenta de ese manual de educación sexual que la Generalitat ha distribuido por los centros escolares y al que son tan aficionadas las autonomías socialistas. Debo decir que, lejos de aprobar esa conducta, en aquel momento me sentí dolido porque creo que los insultos siempre están de más, sobre todo cuando hay argumentos más que de sobra para criticar semejante barbaridad, y lejos de afianzarlos, hacen perder la razón.
 

Lógicamente molesta por esos insultos, la consejera anunció la interposición de una querella, situando el incidente en el ámbito oportuno. Sin embargo, desde algunos medios de comunicación del entorno progresista, cuya obsesión por el Grupo Intereconomía y los medios que acoge roza lo enfermizo, casi lo esquizofrénico, se desató una campaña feroz contra el programa y contra el contertulio y periodista, presentando a éste como un auténtico canalla y al programa como lo peor de la caverna. No es nuevo el ataque, ya lo inició hace unas semanas el diario El País, y forma parte de una campaña orquestada por la izquierda contra los medios de comunicación que le hacen daño porque en ellos se dicen ciertas cosas que parecen molestarles, aunque lo que creo que más les molesta es que se digan con absoluta libertad.
 

El pasado jueves, sin embargo, Eduardo García Serrano ofreció a los espectadores del programa y, sobre todo, a esa izquierda sectaria y rencorosa, toda una lección de cómo reacciona una persona coherente con sus ideas, ofreciendo una dilatada y sentida disculpa a la consejera catalana y, por extensión, a todo aquel que pudiera haberse visto ofendido por sus palabras. Fue, como dijo Carlos Dávila, probablemente uno de los momentos más emotivos que se ha vivido en los cuatro y pico años de historia del programa, y un ejercicio de caballerosidad, educación y buen hacer como pocas veces se haya visto. Sin embargo, los mismos que un día antes iban cámara en mano y video volando con la primera intervención de García Serrano, pidiéndole a la gente por la calle una valoración de algo que cualquier persona reprobaría independientemente de su afiliación político-ideológica, no hicieron lo mismo cuando García Serrano ofreció ese ejemplo de lo que unos sí saben hacer y otros nunca hacen, incluso cuando sus insultos son aún peores porque no afectan a una persona, sino a todo un colectivo a veces de millones de personas.
 

Primera razón por la que ese ejemplo pone en evidencia la doble moral de una izquierda sectaria, que se permite el lujo de arrogarse una superioridad moral e intelectual que nunca tendrá, porque no puede tenerla una ideología que sigue cimentándose en el principio totalitario de la destrucción de la dignidad humana. Ya está bien de que quienes defendemos al individuo y su libertad y, por encima de todo, amamos sus derechos, empezando por ese primer derecho fundamental de todo ser humano, que es el derecho a la vida, tengamos siempre que agachar la cabeza ante esa pretendida superioridad moral que no es más que pura fachada tras la que se esconde el peor de los relativismos, la más oscura y destructora ideología que haya conocido nunca la humanidad, y que está intentando llevar al mundo, y en nuestro caso a España, a la negación absoluta del ser humano como individuo libre y la exaltación de la colectividad y, dentro de ella, una mal entendida igualdad, como nueva religión de Estado.
 

De ahí la segunda razón. No es concebible la rabia con la que el progresismo ha arremetido contra un hecho puntual y, sin duda, objeto de amonestación, cuando al mismo tiempo ese progresismo se permite el lujo de agredir moralmente a nuestros hijos con un modelo de educación sexual que dista mucho de ser una lección de sentido común y sí una violación no consentida de la inocencia adolescente. Miren, lo diré claramente: si yo, como padre de niños en edad de recibir ese modelo de educación, viviera en Cataluña o en Andalucía, pondría una denuncia en un juzgado de guardia contra la Generalitat o la Consejería de Sanidad, o contra la Junta y su consejería de Sanidad, por agresión sexual a un menor. Si una décima parte de lo que se recomienda a los niños en esas guías sobre sexo, las incluyera cualquier adulto en una página web para niños, se le denunciaría y, seguramente, se le condenaría por pedofilia, y con toda la razón. Pues esto es lo mismo, pero pagado con el dinero público, y yo animo a los padres a que lo denuncien, no solo en los medios, sino también en los juzgados.
 

Son muchas las razones por las que esta izquierda que nos gobierna se está ganando los apelativos de malvada y perversa. Es una izquierda rencorosa, sectaria -no hay más que ver la reacción socialista prohibiendo a Antonio Miguel Carmona acudir al programa del jueves- y totalitaria, que no acepta la discrepancia y que persigue a quien le discute o le planta cara. Pero no van a acabar, por mucho que se empeñen los wyomings y buenafuentes –¡qué pena, Andreu!, qué bajo has caído cuando te podías haber convertido en un icono del verdadero progresismo-, con aquellos que defendemos la libertad como valor esencial de la existencia del ser humano. Un ser humano, al menos en el que yo creo, que es capaz de equivocarse, muchas veces, pero cuya grandeza consiste en saber reconocerlo y, sobre todo, en pedir perdón.